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La gran estafa.

El Jefe se olvidó que es Dueño: La gran estafa jerárquica de Argentina.

La gran estafa jerárquica
San Juan, Argentina.

Hablemos de tu tiempo. Ese recurso sagrado, el único que no es renovable, y que entregás cada día de tu vida a cambio de un futuro.

Si sos un ciudadano común, sabés exactamente lo que vale tu hora. Sabés lo que es marcar tarjeta, cumplir un horario a rajatabla y rendir cuentas ante un jefe que no perdona la falta de resultados. Para acceder a tu puesto, tuviste que presentar títulos, demostrar que sos idóneo y, sobre todo, aceptar un contrato. Si no cumplís, te vas. Si te encontraran usando la caja chica para tus gastos personales o robando materiales, no solo te vas: enfrentás las consecuencias legales como cualquier mortal. Así de simple es la vida del que sostiene este país.

Ahora, levantá la mirada y observá a quienes "nos representan". ¿En qué momento permitimos que el empleado se sienta el dueño de la empresa?

Pirámide invertida.

La inversión de la pirámide.

Argentina vive en un síndrome de Estocolmo colectivo. Nos hemos acostumbrado a pedirles "por favor", a esperar que nos "den" soluciones y a tratarlos con una reverencia casi religiosa. Pero la realidad contable —la de la calle, la de tu billetera— dice otra cosa: Vos sos el jefe. Ellos son tus empleados.

Cada peso que compone sus sueldos, sus choferes, sus asesores y sus despachos alfombrados sale de tu esfuerzo. Sale de ese IVA que pagás en la leche, de los impuestos que te quitan el sueño y de las horas que no pasás con tus hijos por estar produciendo.

El privilegio de la impunidad: Los fueros

Aquí aparece la grieta más profunda de nuestra coherencia nacional. En tu trabajo, la deshonestidad se paga con el despido y la justicia. En el Estado, el empleado que malversa tus recursos se protege con fueros. Hemos creado una estructura donde el empleado tiene más privilegios que el dueño. El fuero no es más que una cláusula de impunidad que jamás aceptarías en tu propia empresa.

¿Contratarías a alguien que te pone como condición que, si te roba, no podés llevarlo a la justicia? La respuesta es un "no" rotundo. Entonces, ¿por qué lo aceptamos en la administración de nuestro destino común?

De la Exigencia que castiga a la Excelencia que transforma.

En el coaching, diferenciamos la exigencia de la excelencia. La exigencia nace del miedo, busca culpables y se agota en el grito. La excelencia, en cambio, es un estándar de ser. Es un compromiso innegociable con la calidad. Cuando un dueño es excelente, no "vigila" a su empleado; establece un estándar tan alto que quien no puede cumplirlo, simplemente no pertenece a la organización.

Diferencias entre excelencia vs exigencia.

¿Por qué aceptamos que nuestra clase política opere bajo estándares de "aprobado raspando" mientras nosotros, para sobrevivir, operamos bajo estándares de calidad mundial? El "hacemos lo que podemos" es el refugio de la mediocridad; el "hacemos lo mejor que es posible" es el lenguaje de la excelencia que Argentina necesita para despertar.

La responsabilidad del dueño

Donde no hay excelencia del dueño, hay abuso del empleado. Si vos no mirás lo que hacen con "la tuya", ellos van a seguir actuando como dueños de una propiedad que les alquilamos... y encima, les sale gratis.

La política no es un favor que ellos nos hacen; es un servicio que nosotros les compramos. Despertar es entender que el poder no emana de un despacho en la Capital, sino de la voluntad del que labura.

Es hora de cambiar el tono. No se trata de odio, se trata de jerarquía y coherencia. Se trata de recordar que quien paga el sueldo tiene el derecho (y la obligación moral) de exigir resultados.

¿Vas a seguir actuando como un espectador agradecido o vas a empezar a ejercer tu rol de Dueño? La empresa es tuya. El tiempo es tuyo. Argentina es tuya.

Fin.